Se bajó del taxi nerviosa, cuidando por inercia de no rasgar sus medias. Se las había regalado él un viernes como hoy, justo hace 6 años, diciendo que la harían ver “sofisticada y sexy”, justamente lo que ella no era, pensó. Ese mismo día tomaron té en un restaurante chino, frente a un hotel con mampara luminosa que decía “just love me”. Ella creyó que había sido el destino.
Entró con torpeza a la antigua estación, con su bolso marrón más pesado de lo normal, miró la hora en el enorme reloj que estaba frente a la entrada, y se abrió paso entre la algarabía de personas que corrían ensimismadas entre la taquilla y los andenes. No llegará - ironizó-seguro que no. La rutina de despedirse en el hotel, volver al banco, y luego reunirse en la estación, se había roto ya hace tiempo. Ya no era necesario distraer la espera mirando la vitrina de dulces que nunca compraba, leyendo revistas de autoayuda o pensando que sus compañeras, pese a todo, la envidiaban porque un tipo como él se había fijado en ella.
Compró su ticket y bajó al baño. Abrió el bolso, sacó el arma y la arrojó al contenedor junto con las medias.
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