viernes, 26 de marzo de 2010

La estación, crónica de una muerte

Se bajó del taxi nerviosa, cuidando por inercia de no rasgar sus medias. Se las había regalado él un viernes como hoy, justo hace 6 años, diciendo que la harían ver “sofisticada y sexy”, justamente lo que ella no era, pensó. Ese mismo día tomaron té en un restaurante chino, frente a un hotel con mampara luminosa que decía “just love me”. Ella creyó que había sido el destino.
Entró con torpeza a la antigua estación, con su bolso marrón más pesado de lo normal, miró la hora en el enorme reloj que estaba frente a la entrada, y se abrió paso entre la algarabía de personas que corrían ensimismadas entre la taquilla y los andenes. No llegará - ironizó-seguro que no. La rutina de despedirse en el hotel, volver al banco, y luego reunirse en la estación, se había roto ya hace tiempo. Ya no era necesario distraer la espera mirando la vitrina de dulces que nunca compraba, leyendo revistas de autoayuda o pensando que sus compañeras, pese a todo, la envidiaban porque un tipo como él se había fijado en ella.
Compró su ticket y bajó al baño. Abrió el bolso, sacó el arma y la arrojó al contenedor junto con las medias.

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