Amor, ya no siento esa brisa que traía buenos presagios. Tengo sed, mis labios están secos por la sal, pero veo tus pies morenos niña mía, los primeros que besé. Veo tu silueta detenida en la orilla, tus ojos negros clavados en mí mirándome partir. Siento aún tu boca besándome con ansia y tristeza.
Todo da vueltas amor en este pequeño mundo que flota a la deriva, pero veo tu risa abriéndose paso entre mi cuerpo que se deshace. No escucho los lamentos de los otros, sólo te oigo a ti.
Ya ha de faltar poco amor, creo ver ese trozo de tierra que me dará nuestro futuro y tu vestido de flores, no lo he olvidado. No dejes de mirarme niña mía, que me pierdo, que no encontrare el camino de regreso si no lo haces.
¿Hay algún sobreviviente?, preguntó el capitán. No señor, ninguno, contestó el marinero, ni uno solo…
viernes, 26 de marzo de 2010
Honestidad
Dime que me quieres, dijo él. Te quiero, dijo ella. Separémonos, dijo él, no soporto tu falta de autonomía. Así sea, dijo ella.
Blues
Ella modulaba y se contoneaba en su propio son. Él ya no escuchaba otro son más que el de ella. El silencio era la dulce compañía de ambos.
La estación, crónica de una muerte
Se bajó del taxi nerviosa, cuidando por inercia de no rasgar sus medias. Se las había regalado él un viernes como hoy, justo hace 6 años, diciendo que la harían ver “sofisticada y sexy”, justamente lo que ella no era, pensó. Ese mismo día tomaron té en un restaurante chino, frente a un hotel con mampara luminosa que decía “just love me”. Ella creyó que había sido el destino.
Entró con torpeza a la antigua estación, con su bolso marrón más pesado de lo normal, miró la hora en el enorme reloj que estaba frente a la entrada, y se abrió paso entre la algarabía de personas que corrían ensimismadas entre la taquilla y los andenes. No llegará - ironizó-seguro que no. La rutina de despedirse en el hotel, volver al banco, y luego reunirse en la estación, se había roto ya hace tiempo. Ya no era necesario distraer la espera mirando la vitrina de dulces que nunca compraba, leyendo revistas de autoayuda o pensando que sus compañeras, pese a todo, la envidiaban porque un tipo como él se había fijado en ella.
Compró su ticket y bajó al baño. Abrió el bolso, sacó el arma y la arrojó al contenedor junto con las medias.
Entró con torpeza a la antigua estación, con su bolso marrón más pesado de lo normal, miró la hora en el enorme reloj que estaba frente a la entrada, y se abrió paso entre la algarabía de personas que corrían ensimismadas entre la taquilla y los andenes. No llegará - ironizó-seguro que no. La rutina de despedirse en el hotel, volver al banco, y luego reunirse en la estación, se había roto ya hace tiempo. Ya no era necesario distraer la espera mirando la vitrina de dulces que nunca compraba, leyendo revistas de autoayuda o pensando que sus compañeras, pese a todo, la envidiaban porque un tipo como él se había fijado en ella.
Compró su ticket y bajó al baño. Abrió el bolso, sacó el arma y la arrojó al contenedor junto con las medias.
domingo, 14 de marzo de 2010
El tsunami
Al igual que los demás, cuando sonó la alarma Ana se levantó de un brinco de la cama. Sobresaltada se percató que el piqueteo insistente del mar, que marcaba los ciclos del pueblo, había sido reemplazado por un silencio agudo en el cual sólo se escuchaba el clic clac a destiempo del reloj antiguo del salón. Ella sabía lo que significaba, pero no alcanzó a sentir temor; cuando se recuperó horas más tarde, sofocada aún por el sol y el lodo, su mirada contempló enmudecida el campanario torcido de la Iglesia, cuyo resplandor de metal iluminaba como el primer acto de una funesta obra miles de cuerpos y casas desgajados a lo largo de la playa.
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